Después de incorporarse a su nuevo apartamento, Eva decidió salir
a dar un paseo por los alrededores, para ir conociendo su zona un poco más.
Pasó por un puente en el que había mucha gente, ya que había muchos candados.
Vio familias y parejas muy felices. Pero mirando a lo lejos vio a un chico que
estaba apoyado en el puente, se le veía triste. Eva, con su melena pelirroja,
fue andando hasta donde se encontraba él. Se puso a un metro de distancia y
pudo observar que estaba llorando; ella no sabía si era de felicidad o de
tristeza. Se sentó en el tablero del puente mirando al más allá.
— ¡Eh!, zanahoria, ten cuidado, es peligroso subirse
ahí — dijo el chico mientras él seguía mirando al agua.
— Para tu información me llamo Eva, no zanahoria. Es
algo maleducado el llamar a una chica de esa forma — le contestó.
— Perdóneme, señorita, no sabía que usted se llamaba así —
dijo con voz repipi. — Ni que yo tuviese que saber su nombre, simplemente le
estaba diciendo que tuviese cuidado, nada más — volvió a decir.
Eva no dijo nada. Se bajó y se fue a andar por los alrededores,
tampoco muy lejos, ya que se podía perder. El chico, al saber que se iba sin
responder, se fue en su búsqueda. La cogió del brazo, pero ella se soltó; a
medida que se iban distanciando, sus dedos se entrelazaron, el chico se quedó
paralizado al sentir los dedos de Eva al lado de los suyos. Durante unos
segundos, los dos se quedaron parados sintiendo el roce de cada uno. Cuando se
quiso dar la vuelta, el chico estaba andando en dirección contraria. Eva se
limitó a ir detrás de él, ya que ése era el mismo camino que tenía que coger
ella para ir a casa. Al entrar en casa, abrió las puertas de la terraza para
que se airease el apartamento. Echó una ojeada y vio al chico, que la
observaba; sus miradas se cruzaron. Fue a la cocina y estuvo preparando la
comida. Más tarde, cogió todo el material de pintura artística y decidió pintar
al chico. Cuando por fin terminó, lo metió en una carpeta. Se vistió y bajó a
la calle. Después de andar, se fue a una cafetería, se sentó en la terraza,
bajo un toldo, y pidió.
Pasó un chico del que recuerda sus andares. Pero no dijo nada,
puede que fuera otra persona y no en el que estaba pensando. El joven que ella
pensaba que no era, se giró y la vio.
— Hola, Eva. — Dijo él, mientras se quitaba las gafas de sol.
— Parece ser que hoy nos vamos a ver mucho — Volvió a decir mientras se ponía
en frente de ella.
— Hola, chico. — Contestó, mientras le daba el último
sorbo a su café. Dejó dinero y se levantó de la silla.
— ¿Ya te vas? — Dijo el chico, mientras se acercaba a
ella.
— Sí. Tampoco sé a dónde ir, ya que no me conozco la
zona, tampoco quiero ir por ahí sola a cualquier parte — le dijo con voz suave
y sonó convincente, para ver si el chico daba la iniciativa. — Por cierto, te
he hecho un detalle.
— ¿Qué es? ¿Puedo verlo? — Dijo a la vez que ella le
entregaba la carpeta. — Tampoco hacía falta que me dieras nada, apenas nos
conocemos.
— Ya, lo sé. Pero quería dibujar. Así que fuiste tú el
primer pensamiento que se me pasó por la cabeza —le respondió. — Claro, es para
ti. Puedes verlo ahora o más tarde, como prefieras.
— Eva, si quieres podrías venir conmigo. Pensaba ir a
dar una vuelta por Via dei Condotti. — Le dijo el chico. — Sé que no lo conoces
y a mí tampoco, pero prometo no hacerte daño — volvió a decir.
Eva nunca se había ido con ningún desconocido. Pero su voz y su
mirada decían la verdad. Se acercó al chico y se fueron juntos. Les quedaba un
largo camino y estuvieron charlando, ya que era algo incómodo el quedarse en
silencio. Fue el chico el primero en hablar. Ya que veía que Eva estaba algo
callada y no sabía cómo empezar a hablar con un chico, ya que era la primera
vez que se quedaba con un chico a solas. Nunca había tenido ninguna experiencia
con ellos. Los hombres. Se contaron anécdotas e historias que habían vivido los
dos, prácticamente todo el camino. Cuando llegaron, estuvieron mirando tiendas.
— Espera, vamos a entrar aquí, quiero mirar unos pantalones — le
dijo él, mientras le abría la puerta de la tienda.
Entró sigilosamente, ya que era una de las pocas veces que entraba
a una tienda para hombres. Las anteriores veces que había entrado en Madrid,
había sigo con su padre.
— Puedes sentarte en esa misma butaca — le señaló una de las que
estaba en frente del probador donde él se iba a cambiar. — Cuando salga del
probador, me gustaría que me dieses tu opinión.
Eva se ruborizó. Y él la vio. Y se asomó una pequeña sonrisa en la
cara del chico.
— ¿Qué te parece? — dijo el chico, mientras caminaba hacia ella.
— No está mal, pero no me convence — dijo ella mientras que con un
gesto le decía que se diese la vuelta.
Entonces él vio que en la parte trasera tenía una mancha blanca y
tenía pinta de ser pegajosa. Volvió a entrar en el probador y se cambió.
— ¿En serio te vas a coger ese pantalón? — dijo ella con cara de
espanto.
— Sí, ¿por qué no?, ¿no te gusta? Pero si es ideal — dio vueltas
como si fuese una bailarina. Y al final le hizo una reverencia.
Se rieron juntos y él por fin vio su preciosa sonrisa. Llevaba
brackets, pero aún así tenía una bonita sonrisa. Eva se levantó y fue a
buscar un pantalón.
— Pruébatelo, a ver cómo te queda. Seguro que bien — le dijo
mientras le daba el pantalón, al dárselo volvió a percibir el contacto de su
piel.
Al cabo de un rato.
— ¡Qué chulo!, me queda bastante bien y me gusta. ¿Cómo has sabido
mi talla? — abrió la cortinilla y se dio la vuelta para verse la parte de
atrás.
— Tampoco ha sido tan difícil, ha sido pura intuición. Puede ser
que tengamos la misma talla — dijo ella, mientras se acercaba a él. — Venga,
cómpratelo si te queda genial, y además está a buen precio.
Fueron a pagar. Salieron y estuvieron dando vueltas por alrededor,
estuvieron mirando más tiendas, cenaron y siguieron hablando. Al terminar,
cogieron un taxi. Al salir, la dejó en la puerta del apartamento.
— Espero que te lo hayas pasado bien. — Dijo este, mientras le
acompañaba a la puerta.
— Sí, ha estado genial. Gracias por haberme dedicado un poco de tu
tiempo — le dijo mientras sacaba las llaves del bolso y le dedicaba una gran
sonrisa.
Eva, al saber que el chico no se iba, se le quedó mirando. El
chico se acercó a ella, cogió un mechón de su pelo rojizo y se lo puso detrás
de la oreja. Una de sus manos la apoyó en el cuello, y la otra en la espalda.
Eva se quedó paralizada al saber lo que iba a venir ahora. Él se fue acercando
más y, al final, Eva notó su primer beso, el beso de un desconocido. Fue suave
e intenso, algo amargo, pero dulce, y se dejó llevar en ese beso sin fin.
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